ANIVERSARIO
Un siglo de 'El Tiempo'
La historia de 'El Tiempo' es la historia del poder en Colombia. ¿Será igual en los próximos cien años?

La mesa principal de la cena de corbata negra que se llevará a cabo en la celebración de los cien años de El Tiempo, dentro de dos semanas, será una imagen para la historia. En la foto aparecerá el presidente de la República, Juan Manuel Santos, quien fue subdirector del periódico y sobrino de su gran gestor, el ex presidente Eduardo Santos. A su lado se sentará la cúpula del grupo español Planeta, actual accionista mayoritario, con José Manuel Lara a la cabeza. Muy cerca estarán sentados otros inversionistas, como Luis Carlos Sarmiento, el principal banquero del país y uno de los miembros más recientes del selecto grupo de propietarios de la Casa Editorial.
Eduardo Santos jamás habría imaginado una foto así. Sus editoriales y declaraciones sobre El Tiempo tuvieron siempre un tono casi fundamentalista sobre la necesidad de mantener una distancia entre el periódico, el poder económico y el poder político. Sobre el primer tema, le dijo una vez a Jaime Posada, en una entrevista: "La verdadera característica de 'El Tiempo', lo que constituye su ejecutoria de nobleza, es que jamás, jamás, he tenido un socio capitalista". Y sobre la participación en política, le dijo: "Yo deseo que 'El Tiempo' siga siendo una tribuna plenamente independiente, sin interés ninguno en campañas electorales". Este último punto es algo insólito si se tiene en cuenta que Santos llegó a ser simultáneamente dueño de El Tiempo y presidente de la República.
Sus nexos con el periódico datan del primero de julio de 1913, cuando le compró El Tiempo, por 5.000 pesos, a su cuñado Alfonso Villegas, quien lo había fundado dos años antes -el 30 de enero de 1910- con la evidente intención de defender las ideas del presidente Carlos E. Restrepo. El gobierno era en ese entonces una alianza entre el Partido Conservador de Restrepo y el Partido Liberal, conocida como la Unión Republicana. Ese talante, el republicano, fue el que caracterizó la vida entera de Eduardo Santos, incluido su gobierno entre 1938 y 1942, en el periodo que se denominó la República Liberal. En su calidad de director-propietario, rótulo que conservó hasta su muerte, tuteló el periódico, sobre todo en lo que tenía que ver con su orientación política. Y esa línea ha tenido siempre la doble connotación de liberal y conciliadora.
La percepción que existe sobre El Tiempo, después de cien años, es más cercana a la de la foto de la conmemoración del centenario que a los idealistas discursos de Eduardo Santos. La historia del periódico se confunde con la del devenir del poder en Colombia. Con frecuencia se decía que el cargo de director de El Tiempo era el más poderoso del país, comparable solo al del Presidente de la República. Solo un puñado de colombianos lo ha ejercido en forma titular -Eduardo Santos, Roberto García-Peña, Hernando Santos Castillo, Rafael y Enrique Santos Calderón y, ahora, Roberto Pombo- y todos permanecen más de lo que dura un periodo presidencial. El apoyo de El Tiempo era indispensable para gobernar y sus páginas ejercían una enorme influencia, sobre todo en la época en que la prensa era el principal medio de información, antes del auge de la radio, la televisión e Internet. Alguna vez se dijo que uno en Colombia no estaba casado ni muerto mientras la noticia no apareciera en el diario.
La percepción de El Tiempo como un pilar del poder del establecimiento se ha alimentado por el hecho de que algunos de sus principales directivos han ejercido altos cargos en el Estado. No solo los dos presidentes Santos -Eduardo y Juan Manuel-, sino también los Lleras: Carlos y Alberto. El primero ejerció la dirección de forma transitoria en los años treinta y el segundo, aunque no tuvo cargo, fue durante tres décadas su principal orientador y más constante editorialista. Luis Carlos Galán, de no haber sido por su vil asesinato, habría podido ser un Presidente salido de la redacción del diario. De esa misma redacción surgieron dos vicepresidentes, Carlos Lemos y Francisco Santos. La lista de columnistas-ministros ha sido también interminable, y la frase "'El Tiempo' tumba ministros" formó parte legendaria de la cultura política nacional.
Sin embargo, las relaciones entre el periódico y el poder no han sido uniformes ni han estado exentas de matices. Hubo una etapa partidista, de militancia comprometida. El director figuraba en los estatutos del Partido Liberal como miembro por derecho propio de la Convención Nacional, y los titulares y editoriales llamaban abiertamente a votar por la causa roja. Un titular como 'Liberales a las urnas' era normal para un día de elecciones. El momento más difícil de este tono partidista se vivió durante la presidencia de Laureano Gómez, elegido en 1950 con la abstención del Partido Liberal. El mito dice que el nombre del mandatario fue omitido durante todo el periodo de gobierno, y la realidad es que Eduardo Santos ordenó minimizar las menciones a su nombre. El periódico no circuló ni el 7 de agosto -cuando Laureano Gómez asumió el poder- ni el día siguiente, y el 9 apareció una nota escueta y secundaria en la que se informaba el nombramiento de los nuevos ministros. Las relaciones entre el gobierno y el periódico fueron turbulentas, dada la oposición feroz que hacía El Tiempo y la censura oficial del gobierno.
Con los años, El Tiempo pasó de liberal militante a defensor de la institucionalidad: "Coherente y virilmente gobiernista", en palabras de su ex director Enrique Santos Calderón. El periódico fue un cimiento esencial del régimen del Frente Nacional, cuya defensa ejerció sin limitaciones ni recato. La coalición bipartidista se asemejaba, en forma y en fondo, al republicanismo que había defendido Eduardo Santos a comienzos del siglo XX. El tono pausado y moderado de la alianza bipartidista encajaba con el talante de su director, Roberto García-Peña, y era entendido como un vehículo para superar la violencia partidista de los años cincuenta y la dictadura de Rojas Pinilla.
En una primera etapa, El Tiempo y el Partido Liberal habían recibido con simpatía la llegada del general Gustavo Rojas Pinilla, en lo que fue bautizado como "un golpe de opinión". Era, al fin y al cabo, la caída de un gobierno conservador y laureanista que el Partido Liberal consideraba usurpador y enemigo. Pero la radicalización del régimen y la censura fueron abriendo heridas, y el periódico fue clausurado cuando se negó a rectificar, como pedía el gobierno militar, una información sobre un asesinato cometido por los Pájaros -como eran llamados los matones conservadores de la época de la Violencia-. Como consecuencia de ese acto de censura, Eduardo Santos sacó otro periódico, de nombre Intermedio, que fue dirigido por su hermano Enrique Santos Montejo, el célebre columnista que firmaba con el seudónimo de Calibán.
La defensa de la institucionalidad ha sido, a la vez, el mayor orgullo de quienes han dirigido el periódico y el motivo de más fuertes cuestionamientos por parte de sus críticos. Ese gobiernismo puede haber sido uno de los factores que han contribuido a que Colombia tenga una mayor estabilidad política que sus vecinos. Pero ese oficialismo informativo también lo llevó a ignorar aspectos cruciales de la realidad del país. El profesor César Augusto Ayala, en una amplia investigación que lleva por título Exclusión, discriminación y abuso de poder en 'El Tiempo' del Frente Nacional, muestra que la política editorial tuvo sesgos y silenció a fuerzas políticas, sociales y sindicales que se oponían al régimen. No solamente hubo una crítica feroz al comunismo y a la Revolución cubana, sino también un ataque frontal contra las fuerzas de oposición. Entre ellas, los movimientos de izquierda, la Anapo y el MRL, que eran considerados amenazas contra el statu quo. El sectarismo contra esas fuerzas disidentes era tan grande que se llegaba a excesos como el de no registrar el nombramiento de Alfonso López Michelsen cuando fue designado canciller de la República después de que se hizo la unión liberal durante el gobierno de Carlos Lleras Restrepo.
Aunque durante sus cien años de ejercicio el primer diario de Colombia ha tenido una línea consistente -liberal, institucional y conciliatoria-, también ha tenido momentos de divisiones internas. Uno de los aspectos que más enfrentaron a miembros de la familia Santos, durante las primeras etapas, fue la Guerra Civil española. El debate fue particularmente evidente entre Hernando y Enrique Santos Castillo, hijos de Calibán, sobrinos de Eduardo y herederos naturales, porque la única hija del director-propietario, Lorencita, había muerto de leucemia a los 4 años de edad. Mientras Hernando, al igual que su tío Eduardo, era ferviente partidario del gobierno de la República española, Enrique apoyaba la rebelión del general Franco. Esta posición fue tenida en cuenta por su tío cuando hizo el testamento.
Los dos hermanos Santos Castillo -casados con dos hermanas Calderón- dirigieron el periódico después del retiro de García-Peña, en 1981: Hernando, como director, y Enrique, como editor. Las posiciones políticas de ambos siempre fueron diferentes, pero se respetaban el tratado de límites que estableció su tío: el director hacía los editoriales y el editor respondía por la información y titulaba la primera página. El hecho de que Hernando, en vez de Enrique, haya sido la cabeza de la organización tuvo que ver con que su ideología política coincidía más con la de Eduardo Santos, particularmente en lo que se refería al tema de la Guerra Civil española. De ahí que Eduardo Santos convirtió a su sobrino Hernando en su mayor heredero y lo dejó como el principal accionista del periódico.
Si la posición de derecha afectó a Enrique Santos Castillo, la militancia en la izquierda afectó a su hijo Enrique Santos Calderón. Y lo paradójico fue que quien le puso el palo en la rueda fue su propio padre. Cuando llegó el momento de escoger el subdirector del periódico en los años ochenta, Santos Castillo trató de imponer a su hijo Juan Manuel, el actual Presidente, a pesar de que su hermano mayor, Enrique, había mostrado una gran vocación periodística como director de Alternativa y en su columna, 'Contraescape'. Juan Manuel se había dedicado al estudio de la economía y había trabajado durante años en Londres como representante de la Federación de Cafeteros. Pero su ponderación y su ideología de centro fueron favorecidos no solo por su padre, sino también por su tío Hernando. Si Juan Manuel no se hubiera metido a la política, seguramente habría sido director del periódico.
La convivencia, siempre bien manejada, entre Hernando y Enrique estuvo a prueba durante el gobierno de Ernesto Samper. Mientras los editoriales, escritos por el director, defendieron la estabilidad y la permanencia de Samper, la sala de redacción investigó y publicó todo lo que pudo averiguar sobre la financiación de la campaña de 1994 por el cartel de Cali. El proceso 8000 separó a los hermanos Santos Castillo y a los columnistas. Enrique Santos Calderón y Daniel Samper Pizano, amigos fraternales y compañeros en la redacción del periódico desde sus años de estudiantes, asumieron posiciones distintas durante la crisis política. 'Contraescape' le dedicó más de 90 columnas al proceso 8000, mientras Daniel y Roberto Posada -D'Artagnan- defendían al gobierno. Samper tuvo a sus peores críticos y a sus más firmes defensores, a la vez, en las páginas de El Tiempo.
Las diferencias entre columnistas del periódico habían aparecido unos años atrás. Llegaron con una nueva generación compuesta por Enrique Santos Calderón, Daniel Samper, Luis Carlos Galán y Roberto Posada. Enrique venía de la izquierda de Alternativa y Firmes. Samper tenía una fuerte influencia de la corriente de moda en Estados Unidos, la del periodismo investigativo. Galán era un analista mesurado y D'Artagnan hacía gala de una pluma provocadora en la defensa del establecimiento. Con ellos las páginas editoriales dejaron atrás la tradición de uniformidad que habían tenido antes y durante el Frente Nacional, y que había incluido hasta a los caricaturistas. Se le dio paso a una prensa pluralista, con posiciones diversas y hasta opuestas. Obviamente, este cambio no fue fácil: Alberto Lleras, el oráculo de los dos hermanos Santos Castillo, en uno de sus editoriales criticó a los nuevos columnistas calificándolos de "ruedas sueltas".
La tercera generación Santos -la de bluyines, como la llamaban en el periódico- le introdujo innovaciones a lo que poco a poco dejó de ser un periódico para convertirse en un conglomerado de medios de comunicación, cuyo gran artífice fue Luis Fernando Santos. El Tiempo ha sido el diario de mayor circulación nacional de Colombia, con excepción de un breve periodo en los años setenta en el que fue superado por su competidor tradicional, El Espectador, gracias a una sólida penetración por fuera de Bogotá. Sin embargo, la empresa nunca se anquilosó y, por el contrario, ha sido pionera en estrategias periodísticas, tecnológicas y comerciales. La más reciente, una redacción de convergencia que produce contenidos para sus medios impresos, televisión e Internet.
Otro motivo de tensiones internas surgió en los últimos años a raíz del salto a la política de Juan Manuel Santos cuando aceptó el Ministerio de Comercio Exterior en el gobierno de César Gaviria, y de Francisco Santos cuando se presentó como fórmula vicepresidencial de Álvaro Uribe. La familia había adoptado un riguroso protocolo que prohibía la participación de sus miembros en la política y que establecía que, si alguno lo hacía, jamás podría regresar a El Tiempo. Los editoriales con que Hernando Santos criticó a su sobrino Juan Manuel y el que posteriormente escribió Enrique contra su primo Francisco fueron más críticos, duros y descalificadores que el resto de los comentarios que aparecieron en la prensa nacional.
La historia de El Tiempo, en fin, ha sido circular, y al llegar al centenario otra vez un miembro de la dinastía Santos es presidente de Colombia. Solo que ahora esa familia ya no controla El Tiempo. Unos pocos de sus miembros, sumados, apenas mantienen el 15 por ciento de las acciones. Ante las dificultades de manejo interno que significaba la proliferación de familias de la cuarta generación de los Santos, y ante un entorno mundial que ha obligado a los principales diarios del mundo -The New York Times, El País, Le Monde- a inyectar capital de inversionistas privados, El Tiempo le vendió la mayoría de sus acciones a Planeta. El grupo español posee el 55 por ciento y el resto se distribuye entre antiguos socios minoritarios y nuevos inversionistas capitalistas.
Desde que Planeta compró la Casa Editorial se han acelerado los cambios. Bajo la dirección de Roberto Pombo, casado con una hija de Hernando Santos, se ha replanteado el papel del periódico como un grupo de medios de comunicación. El conglomerado participa en la licitación para un canal de televisión abierta y sacó el primer diario gratuito del país -ADN-, así como un canal de noticias de 24 horas por cable. En una polémica decisión, cerró la revista Cambio, que no era rentable y era crítica del gobierno Uribe. En ese momento se alzaron voces que cuestionaron la independencia de esa Casa Editorial frente al poder político.
Pombo y la administración de Planeta hicieron, a finales del año pasado, un audaz rediseño gráfico y conceptual del periódico, que ha dado mucho de qué hablar. Por lo general, fue muy mal recibido inicialmente. Pero, como suele ocurrir, con el paso de los días los lectores lo asimilaron y hoy parece no tener mayor resistencia. Se supone que es adecuado para penetrar audiencias más amplias, sobre todo en la clase media, y de esa forma hacerlo más atractivo para anunciantes de productos de consumo masivo. Como modelo de negocio puede funcionar muy bien. Pero, desde el punto de vista periodístico, se puede pagar un precio en materia de calidad, de peso de opinión y de credibilidad.
Los intereses económicos de Planeta en varios frentes, la presencia de un Santos en la Presidencia y el entorno mundial, que tiene en jaque a los medios impresos, implican desafíos complejos para el próximo centenario y para su director, Roberto Pombo. Este último ha manejado con acierto la transición de El Tiempo de periódico de familia colombiana a periódico de conglomerado español. Según su primo político Enrique Santos Calderón, el reto para Pombo es "mantener la independencia en esas nuevas circunstancias". Esto implicará demostrar que hay capacidad crítica frente al gobierno del antiguo copropietario y subdirector del diario. Esa tarea es fácil ahora que el gobierno está en luna de miel, pero no lo será tanto cuando llegue la época de las vacas flacas.
En todo caso, no son muchos los periódicos en una región tan convulsionada como Latinoamérica que mantienen un liderazgo durante un siglo entero. Es difícil entender la historia de Colombia durante el siglo XX sin el periódico que fue de la familia Santos. El siglo XXI comienza con nuevas metas, nuevos desafíos y nuevos dueños. La forma como El Tiempo se está adaptando a estas nuevas realidades deja la impresión de que ese liderazgo va a durar muchos años más.