NAVIDAD

El camino que lleva a Belén

El corresponsal de la BBC Aleem Maqbool escribe un diario en internet durante su trayecto de Nazaret a Belén, reeditando el viaje de Navidad realizado por José y María en el Nuevo Testamento.

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25 de diciembre de 2008, 12:00 a. m.
Algunos monjes cristianos junto a la iglesia de la natividad en Belén donde se cree que nació Jesus.
Algunos monjes cristianos junto a la iglesia de la natividad en Belén donde se cree que nació Jesus. Foto: Foto AP

24 DE DICIEMBRE POR LA TARDE, HACIA LA PLAZA DEL PESEBRE

El último día de nuestra travesía comenzó en el pacífico entorno de los llamados Campos de los Pastores, cerca de las cuevas que, según se cree, eran utilizadas por los pastores como refugio.

Pero a medida que se acerca la hora en que las celebraciones alrededor del mundo llegan a su punto máximo, aquí en Belén aumenta el ruido y la atmósfera se vuelve cada vez más agitada.

Al subir la última calle empedrada y empinada hacia el centro de Belén sentí alivio. Sada (mi burro número cinco) y yo logramos pasar entre las bandas que marchaban, algunas de boy scouts, otras de músicos con gaitas. Finalmente divisamos a la izquierda la plaza frente a la Iglesia de la Natividad, y a la derecha la Plaza del Pesebre.

Nos encontrábamos a metros del preciso lugar en el que, según se cree, luego de su largo viaje, María y José colocaron en un pesebre a su bebé Jesús.

Cientos de fieles han estado llegando aquí en las últimas horas antes de la misa de medianoche - el clímax de los preparativos y el momento en el que consideraré completa mi travesía.

MARTES AL FINAL DEL DÍA, 23 DE DICIEMBRE, ENTRANDO A BELÉN

"Cerca de Belén había unos pastores que pasaban la noche en el campo cuidando sus ovejas. De pronto se les apareció un ángel del Señor, la gloria del Señor brilló alrededor de ellos y tuvieron mucho miedo. Pero el ángel les dijo: "No tengáis miedo, porque os traigo una buena noticia que será motivo de gran alegría para todos. Hoy ha nacido en el pueblo de David un salvador, que es el Mesías, el Señor. Como señal, encontraréis al niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre."

Estoy en el pueblo de Beit Sahour (donde se cree que tuvo lugar el episodio en el Evangelio de Lucas, que relato arriba, Lucas 2, 8-12). Beit Sahour se encuentra apenas a una corta caminata de distancia de la Plaza del Pesebre (conocida por los turistas como Manger Square) en Belén. Me siento muy emocionado de estar casi en el fin de mi travesía, pero me siento tan cansado que me es difícil conectar con mis sentimientos.

Mientras cada hueso de mi cuerpo registraba el lento avance por las duras calles pavimentadas con piedras en Jerusalén, trataba de recordar las sensaciones de hace unos días, cuando viajaba por la calma de olivares. Al tiempo que hacía fila para cruzar el torniquete metálico del ultimo retén israelí, pasaba revista en mi cámara a fotos de hermosas colinas y aldeas, tomadas durante mi travesía.

 Ahora, en el principal punto de entrada, a pie, a Belén, esas colinas parecían muy lejanas. Para pasar el retén tuve que caminar pasando un puesto de soldados israelíes y atravesar una brecha, con forma de puerta, en una enorme pared gris de concreto. La pared es parte del muro que Israel ha estado construyendo en los últimos años, según dice, para protegerse de atacantes suicidas u otros atentados. Para los palestinos, el muro es una forma que Israel utiliza para apropiarse de más terrenos.

La gente de Belén habla a menudo de sentirse sofocada por el muro que encierra parte de la ciudad, penetrando en su territorio, y también por los asentamientos judíos que están siendo construídos cerca de aquí en tierra palestina ocupada.

Hacia el final de la tarde llegué hasta un campo en Beit Sahour donde me esperaban no uno, sino doce burros. Estaba visitando una clínica ambulante administrada por el único santuario para burros en la región. Los pobladores habían traído a sus burros para ser examinados por un experto.

Simon Lowe, de la organización Refugio para Burros en la Tierra Sagrada, me habló de los espantosos casos de abuso que había visto (animales a los que se castiga, a los que incluso se prende fuego, o que -más comúnmente- son simplemente abandonados). Su organización recoge estos animales y les ofrece un refugio de por vida.

Nunca soñé que diría esto, pero hoy, que debí caminar, extrañé no tener un burro acompañándome en mi travesía. Serán obstinados, pero su natural humildad, combinada con el ocasional ataque de terquedad (usualmente bien justificada) hace que para mí sean seres admirables. Mi acompañante número cinco está listo para que emprendamos la última parte de nuestro viaje.

MARTES, 23 DE DICIEMBRE: JERUSALÉN

Se cree que Al-Bireh, al norte de Ramala, era uno de los lugares de parada de las caravanas que transitaban en la época del viaje de navidad de María y José.

También se dice que fue aquí donde -en un viaje que hicieran doce años más tarde- la pareja se dio cuenta que habían dejado por accidente a Jesús en Jerusalén.

En estos días lo que se puede ver son las ruinas de una iglesia bizantina, en donde se acumula la basura. Al lado de ellas se erige una mezquita.

El evangelio de San Lucas describe que este lugar estaba "a un día de viaje" de Jerusalén, mi próxima parada en esta travesía.

Tomé rumbo al sur, junto con mi anciana burrita, a través de un territorio que conozco bastante bien. Ramala es la ciudad en la que he vivido por más de año y medio.

A pesar de todo el caos y el conflicto que se vive en otras partes de los territorios palestinos, Ramala lucha para permanecer protegida, encerrada en sí misma.

Tres campos de refugiados están incorporados a la ciudad; asentamientos judíos se expanden en las colinas que la rodean; el acceso a Jerusalén, Belén u otras partes del norte de Cisjordania se ha vuelto algo extremadamente difícil.

Aún así, la construcción de nuevos bloques de edificios residenciales puede verse como un indicio de que comienza a vivirse un crecimiento económico.

Socialmente, la ciudad también ha tratado de resistir.

Una salida nocturna a cualquiera de los muchos elegantes restaurantes y bares de la ciudad puede hipnotizar a los más acaudalados de Ramala, hasta hacerlos llegar a creer que todo está de lo mejor.

Muchos palestinos del lugar, al menos en apariencia, están determinados a no mostrar preocupación, incluso por la grave situación humanitaria que se vive en la Franja de Gaza.

Pero en el fondo, todos reconocen que el futuro de Ramala sigue siendo muy frágil.

Acá tuve que decirle adiós a la cuarta burrita.

Según me dijeron las autoridades israelíes, necesitaba un permiso para poder grabarla en video dentro de Jerusalén, un trámite que podría demorar hasta treinta días.

La verdad no me puse muy triste. A pesar de que se portó muy bien, esta burrita blanca era muy lenta. Tendré que buscar un nuevo animal cerca de Belén.

Sin mucho retraso atravesé el retén de Kalandia, con sus torniquetes, colas y máquinas de rayos X, y me dirigí al centro de Jerusalén.

Más adelante me topé con otro retén por el que no me dejaron pasar. Pero esto no me causó grandes inconvenientes, ya que como conozco la zona, tomé otro camino y seguí sin problemas.

El camino de navidad que siguieron María y José sufrió otro desvío un poco más adelante, ya que me acerqué a uno de mis restaurantes favoritos en el suburbio de Beit Hanina.

Poco después me encontraba en las puertas de la Vieja Ciudad de Jerusalén, las mismas que por siglos han recibido a los muchos peregrinos que llegan hasta aquí.

Las estrechas calles empedradas de ancestral barrio cristiano (donde pasaría la noche) están decoradas con luces de colores. Era imposible dejar de sonreír, incluso con todo el cansancio que sentía.

Esta mañana Santa Claus (San Nicolás) visitó la Vieja Ciudad, regalando árboles de navidad.

En realidad se trataba de Issa, un muy conocido ex jugador de baloncesto local, haciendo una obra de buena voluntad en nombre de la municipalidad de Jerusalén.

"¡Paz para todos los hombres!", decía lleno de alegría mientras ayudaba a la gente a seleccionar su árbol ideal.


LUNES, 22 DE DICIEMBRE: AL-BIREH

"Si la gente piensa que mi forma de pensar es extremista, entonces está bien, soy una extremista", me dice Batya Medad. "No tengo ningún problema con eso".

Batya vive en el asentamiento judío de Shilo, en el medio de Cisjordania (aunque a Batya no le gusta utilizar ese término y prefiere referirse a la zona con los nombres que aparecen en la Biblia: Judea y Samaria).

Todos los países del mundo, excepto Israel, consideran que los asentamientos como éste donde vive Batya son ilegales, construidos en terreno palestino ocupado. Cuando se lo menciono me responde molesta.

"Nosotros (los judíos) somos los únicos con historia acá, nosotros estuvimos aquí primeros y debemos estar aquí ahora. Es inmoral decir que no podemos", dice.

"No me interesa lo que piense el mundo. A ellos no les importó cuando los nazis se volvieron contra los judíos y cuando fuimos asesinados. Así que ¿por qué debería importarme?".

Batya y su esposo, Yisrael, nacieron y crecieron ambos en Nueva York, pero se mudaron acá en 1970. Ella asegura que nunca tuvo un sentido de pertenencia cuando vivía en Estados Unidos, pero que se sintió como en casa desde el primer momento que llegó aquí.

Se asume que políticos israelíes y palestinos, con el auspicio de la comunidad internacional, están trabajando para poner fin a la ocupación israelí y para la creación de un Estado palestino independiente.

Sin embargo, Batya cree que el proceso de paz no llegará a ninguna parte y que su futuro en Shilo no está amenazado.

De Shilo continué rumbo al sur, a lo largo de una ruta que se cree que María y José, así como varios profetas antes que ellos (incluido Abraham) pudieron haber transitado.

En las recientes décadas este escenario ha cambiado considerablemente.

En muchas de las cimas de las colinas se podían ver las relucientes casas de los asentamientos judíos, con sus techos rojos. Más abajo estaban las poblaciones palestinas, estructuradas de una forma más azarosa, menos ordenada.

No existe gran interacción entre ambas comunidades, sólo tensión.

Fue una caminata bastante incómoda, especialmente por las miradas reticentes tanto de los colonos judíos como de los pobladores palestinos.

Los colonos con los que me topé en la vía -uno o dos de ellos con armas- parecían asumir de inmediato que yo era palestino y por eso, quizás, un atacante potencial. "Salam aleikum" (saludo en árabe que significa que la paz esté contigo) me dijo uno de los que se me acercó, en lo que parecía ser una prueba.

Decidí que en estas circunstancias, un "hola" podría ser más acertado que la tradicional respuesta musulmana. De inmediato él se retiró más calmado.

Los palestinos, que me escucharon hablando en inglés en mi teléfono, al parecer asumieron que era un colono inmigrante. "Mustoutan, mustoutan" ("colono, colono"), escuché gritar a un joven mientras corría a casa para encerrarse luego de verme.

Decidí entonces apurar el paso y caminar más cerca de la vía principal.

La burrita número cuatro me estaba esperando un poco más adelante. Es toda blanca, desde la cabeza hasta la cola, menos una parte en su flanco derecho, áspero y oscuro. Le pregunté a su dueño qué era eso.

Él me contó que esa burrita venía del campo de refugiados de Kalandia, cercano a Ramala. Hace unos cuantos años, cuando los enfrentamientos entre los jóvenes de ese campo y los soldados israelíes eran más frecuentes, la burrita se golpeó contra unas llantas que ardían y se quemó el pelaje. Pero afortunadamente no sufrió ningún daño permanente, me dijo.

La burrita parecía estar bien entrenada. No fue sino hasta que empecé a caminar con mi nueva compañera que me di cuenta de que había un problema: era muy lenta. Hablé de nuevo con el dueño, pero me dijo que ella pasaba de los veinte años, así que no se podía hacer nada para apurarla. Yo decidí seguir.

Al caer la noche, finalmente llegué a Bir Zeit, donde me iba a quedar con la familia Kassis, que son cristianos (aproximadamente la mitad de la población es musulmana, la otra mitad cristiana).

Me invitaron a degustar un plato típico palestino, maklouba (que quiere decir "al revés"), una maravillosa mezcla de arroz, carne y yoghurt. Mientras comíamos, conversé con la señora Kassis y el mayor de sus dos hijos (el otro estaba afuera con unos amigos de la universidad).

Me contaron que su antigua casa y la tierra que la rodeaba había sido confiscada por el ejército israelí, porque se encontraba muy cerca de un retén ubicado en norte del pueblo. No hubo compensación alguna, agregaron.

Al principio de este año, el hijo menor fue arrestado por el ejército en una redada hecha a las 03:00 de la madrugada. Su hermano me dijo que lo habían dejado seis meses en custodia sin cargos (algo que el ejército israelí llama "detención administrativa").

Mientras comíamos alguien llamó a la puerta. La señora Kassis fue a atender y regresó a la cocina radiante, con un papel en la mano.

"Es mi permiso de Israel para poder viajar a Jerusalén por Navidad", dijo orgullosa. Pero su hijo no estaba tan impresionado.

"Es triste que nos emocionemos por estos pequeños detalles mientras todo lo demás anda tan mal", me explicó.

Pasé la noche en casa de la familia Kassis y partí rumbo al sur, vía al-Bireh. Esta anotación la escribí desde un pequeño café allí, lleno de hombres mayores, jugando a las cartas y bebiendo té.

La burrita me espera en la puerta. Veremos que tal le va, pero por lo lenta que es, puede que sea posible que nos perdamos la Navidad en Belén. Creo que tendré que cambiarla por un animal más joven.

> Lea aquí el relato de la segunda parte del recorrido:
http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/forums/newsid_7797000/7797360.stm

> Lea aquí el relato de la primera parte del recorrido:
http://news.bbc.co.uk/hi/spanish/forums/newsid_7797000/7797299.stm


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