Luis Carlos Vélez Columna Semana

Opinión

Un pseudorrevolucionario deprimido

La realidad es que nuestro autoproclamado revolucionario ha demostrado no tener ni la capacidad emocional ni técnica para ser jefe de Estado.

Luis Carlos Vélez
1 de marzo de 2025

La entrevista que la semana pasada le realizó el diario El País de España al presidente Gustavo Petro es tan reveladora y compleja que debería tener hoy todas las alarmas encendidas sobre el jefe de Estado. Me explico.

En la conversación en el diario más influyente de habla hispana, Gustavo Petro habla de fantasmas, persecuciones, intrigas y situaciones familiares. Pero tal vez lo más revelador es la colección de delicados pincelazos con los que subraya detalles de su personalidad autodestructiva que los colombianos hemos venido destilando. Horroroso.

Lo primero que repite nuevamente Gustavo Petro es que es un hombre inmensamente infeliz y que la presidencia lo ha hecho incluso menos agradecido con la vida. Grave. Un país no puede tener un presidente deprimido, desmotivado y al que le falta rumbo.

Pareciera que el mandatario ha olvidado por completo que el cargo de jefe de Estado es la máxima dignidad que una persona puede tener y que, por lo tanto, se espera que quien esté en ese lugar ofrezca todo lo que su capacidad le permita para realizar las funciones establecidas. Es el prime time.

La presidencia es la cúspide del servicio público, y a ella deben llegar personas que tengan muy claro que ese lugar coloca al individuo en el último puesto de la fila de los beneficiarios del aparato del Estado. Como capitán del barco, se espera que el jefe de Estado sea el mayor servidor, el luchador más dedicado y el máximo estratega, y no alguien que se coloca de primero en la lista de afectados, se presenta como víctima y, además, no se hace responsable de sus acciones.

En la entrevista, el presidente dice lo siguiente: “Esto es de una infelicidad absoluta. Es un sacrificio. Lo primero que trataron de destruir fue a mi familia. Quisieron destruir los lazos sentimentales, porque un hombre sin lazos sentimentales se vuelve duro, malo, y yerra. Me aislé. Este Palacio, una mala imitación francesa, no me gusta ni cinco. Debe estar lleno de fantasmas. Tengo ganas de traer a un experto en estas materias. De todos modos, cuando la gente me abraza, me siento recargado”. Impresionante. Queda uno con los pelos de punta y profundamente preocupado por su estabilidad personal y necesidad de reconocimiento. Un líder es un hombre victorioso, no alguien que se presenta como víctima.

Pero eso no es todo. La entrevista, que contiene preocupantes episodios de psicoanálisis, está llena de perlas como esta: “Fallé al creer que podía hacer una revolución gobernando”, a lo cual nos preguntamos: ¿incapacidad o amenaza? Dios santo.

En su libro Sobre liderazgo, el ex primer ministro británico Tony Blair nos recuerda que lo más importante en las democracias es la ejecución y no las excusas. En su escrito dice: “Aquellos líderes de países no democráticos frecuentemente cuestionan la estabilidad de su país, sus medios y, sobre todo, la habilidad que tienen ante la necesidad de tomar decisiones e implementarlas. En otras palabras, retan la gobernabilidad para poder hacer cosas”. Es decir, aquellos que no pueden gobernar en democracia y bajo los pesos y contrapesos de la ley, se disfrazan de revolucionarios para esconder su incapacidad, disciplina, método y autocontrol, destruyendo el mismo sistema que les permitió ser elegidos.

Me pregunto: si Colombia fuera un país tan malo como diariamente nos lo quiere pintar el presidente Petro, ¿tendría ese sistema democrático que permitió que él llegara al poder? La realidad es que nuestro autoproclamado revolucionario ha demostrado no tener ni la capacidad emocional ni técnica para ser jefe de Estado. ¿Podría usted citar alguna obra o proyecto que realmente tenga beneficios para los colombianos? ¿Su vida, señor lector, su día a día, ha sido impactada positivamente en esta administración? La respuesta, claramente, es no. Es por eso que este Gobierno hace todo lo posible para manejar una narrativa que distorsione la realidad. Narrativa como la que quedó plasmada en esa entrevista.

Entonces, la pregunta es: ¿usted, como ciudadano, qué va a hacer en las próximas elecciones? ¿Volveremos a cometer el mismo error? ¿Nos dejaremos endulzar los oídos por pseudointelectuales, bravucones o cuentistas con discursos de venganza y división? Yo realmente quisiera un líder que se quiera sacrificar por Colombia, que tenga un plan, una visión, un método, un camino y, sobre todo, una gran estabilidad mental, emocional y espiritual para reconstruir todo lo que hemos perdido en estos años. La última palabra la tiene usted.

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